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Lynn Margulis, in memoriam |
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26-11-2011
Lynn Margulis, in memoriam
La aparición de las células eucariotas , que forman parte de todos los tejidos de nuestro cuerpo, es un misterio evolutivo. ¿Cómo habrían podido surgir unos seres tan complejos, con núcleo y órganos celulares, de un mundo que estaba en manos de las bacterias y las arqueas? Lynn Margulis dio en los años sesenta del siglo pasado una explicación hipotética que parecía salida de la alquimia pero es ciencia de la mejor: una simbiosis entre arqueas y eubacterias habría dado lugar al primer eucarionte. Dicho de otro modo, los componentes más esenciales de nuestro organismo son en realidad algo así como colonias de seres que en su día colaboraron lo bastante como para volverse un solo cuerpo. Ni el doctor Frankenstein hubiera podido imaginar un argumento más fantástico para el origen de las especies que nos son más familiares y, de hecho, a Margulis le costó dios y ayuda el que le publicasen su primer trabajo, aparecido en el Journal of Theorethical Biology, acerca de esa hipótesis. A partir de ese momento, la Teoría de la endosimbiosis seriada (SET, por sus siglas en inglés) , que es como se conoce el modelo de Margulis, no ha dejado de formar parte de la faceta más heterodoxa e interesante de la biología.
LLynn Margulis murió el miércoles de esta semana. Olvidemos, a la hora de las nenias, los muchos honores que recibió - la medalla Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos, el reconocimiento como doctor (doctora) honoris causa, la acogida en la academia científica más importante del mundo. Dejemos de lado la vida privada, incluyendo sus matrimonios que comenzaron, como todas las enciclopedias recuerdan, nada menos que por Carl Sagan. La faceta rosa no formó parte jamás del mundo propio de Lynn Margulis. Ni siquiera a la hora de abandonarnos, porque estaba trabajando en su laboratorio cuando se presentó el azar en forma de hemorragia cerebral. Lo que cuenta es su herencia científica y, en ese sentido, no puede decirse que la autora de la teoría SET nos haya abandonado. El último trabajo que llegó a mis manos de Lynn Margulis había aparecido en una de las revistas canónicas de la ciencia, los Proceedings of the National Academy of Sciences USA, y en él se abordaban las consecuencias taxonómicas de la simbiosis de bacterias y arqueas dando lugar a protistas (protoctista, gustaba llamarles Margulis, en homenaje al origen griego del término), animales, hongos y plantas. La manera como nombramos a los distintos tipos de seres vivos corresponde a la forma en que entendemos su sentido. Cuando se hablaba de "reinos" imaginábamos que los animales, y los humanos como primeros de ellos -primates-, eran el monarca. Lynn Margulis nos explicó que no es así, que no somos los primeros en nada sino, en realidad, el producto de una cooperación entre microorganismos para poder sobrevivir. Como de costumbre, la mejor lección de humildad la dan los sabios y no los santos. |
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06-10-2011
Semántica
Camilo José Cela Conde
Un juez de cuyo nombre sí me acuerdo pero no quiero mencionar , no vaya a ser que lea esta cuartilla -cosa improbable- y le regale un subidón al ego, ha dado con la fórmula mágica para dictar justicia que no es otra que la de buscar tres pies al gato. En términos semánticos, eso se traduce por la atribución de acepciones distintas a la habitual a todos aquellos insultos que caigan sobre una mujer. El caballero justificó así a un congénere suyo y mío que había calificado a la lagítima de zorra, habida cuenta de que en castellano se atribuye zorrería a quien muestra gran habilidad e inteligencia. Menos mal que aparece alguien dispuesto a llevar a la práctica la interdisciplinaridad, tan cacareada ella y tan dificil de alcanzar, mudando el sillón del tribunal por el del escritorio del lingüista. Gracias a esa virtud, el hallazgo del juez abre paso a un sinfín de juegos del habla que habrán de enriquecer tanto la lengua castellana como para rescatarla de los acosos que sufre por culpa de los teléfonos móviles, el correo electrónico e Internet.
Así, el susodicho caballero, el juez, se verá complacido si le llamo gilipollas, porque el diccionario de la Real Academia equipara su significado al de gilí y éste remite al origen caló que se refiere a inocente. La inocencia es, en todo el ámbito judicial, la condición mejor a la que cabe asierar. También cabría llamarle capullo, como botón de flor o cascabillo de bellota; meapilas -es decir, santo-; imbécil -en el sentido de flaco-; jenízaro -como soldado que es de la causa de la justicia- y atrabiliario -dado que posee con toda seguridad uno de los cuatro humores descritos por Galeno. Me detengo ahí, no vaya a ser que el lector piense que me asesora el capitán Haddock.
Lewis Carroll nos enseñó que las palabras pueden significar lo que uno quiera y, para darle la razón, basta con atender al contexto. Llamar a alguien cabronazo puede suponer hasta un elogio -y no digamos nada ya si se hace en Cuba. De hecho, cualquier exceso verbal queda matizado siempre que es use un tono festivo. De eso se trata: del animus jocandi, que nos permitió a quienes escribíamos en la época franquista salir más o menos indemnes del Tribunal de Orden Público tras sostener que nuestra intención era graciosa. Bien es verdad que el reo al que el juez de marras dejó irse de rositas había amenazado a su mujer con hacerle un traje de madera, metáfora ésa que, sea cual sea el tono que se emplee, equivale a ataúd. A causa de tanta zorrería, gilipollez y malos modos a los que caballeros como el del tribunal responden con tolerancia y melindres, murieron 85 mujeres el año pasado a manos de su pareja. Vamos ahora, en octubre del 2011, por 51 pero queda mucho tiempo por delante y, gracias al señor juez de la mano generosa, cunde la sensación de que no pasa nada si se insulta a la parienta incluso si, llegado el momento, se le da una mano de hostias. Al fin y al cabo ya lo dijo Gila: el que no aguante una broma, que se vaya del pueblo. O de este mundo, que tanto da.
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19-06-2010
Los primeros hipopótamos
Camilo José Cela Conde
En términos evolutivos, los hipopótamos pertenecen a un linaje emparentado de cerca con el de los cetáceos, también gigantescos y también, en el folklore popular, adorables. Pero las relaciones entre hipopótamos, ballenas, cachalotes, marsopas, orcas y delfines eran un tanto oscuras. Una investigación adelantada esta semana en formato electrónico por los Proceedings of the Nacional Academy of Sciences USA arroja luz al respecto. Maeva Orliac, del departamento de paleontología que forma parte del Institute des Sciences de l'Évolution de Montpellier, Francia, es la primera firmante de un trabajo en el que se analizan las relaciones evolutivas existentes entre los suidos, grupo al que pertenecen los hipopótamos, y los cetáceos. Para ello hay que remontarse a los tiempos del Eoceno cuando, cincuenta y tres millones de años atrás, surgieron los primeros mamíferos adaptados a la vida acuática. Los ungulados de entonces incluían a los antracotéridos, conocidos desde hace más de un siglo. La Revista Europea, que se publicó en Madrid durante seis años, sacó en marzo de 1879 un artículo de Ernst Haeckel en el que se relacionan con los cerdos e hipopótamos y, a mayor distancia, con los cetáceos.
El trabajo del grupo dirigido por Orliac aclara la historia evolutiva que dio lugar a los primeros hipopótamos en el Mioceno temprano, es decir, hace 21 millones de años. Pero permite también entender mejor los caminos adaptativos que llevaron a algunos mamíferos a emprender el camino de vuelta hacia las aguas. En esencia, las acotaciones actuales no se apartan mucho de lo que Haeckel apuntaba hace ciento treinta años y, como el genio alemán del evolucionismo recuerda, del esquema que, veinticinco siglos atrás, estableció Aristóteles al incluir las ballenas entre los mamíferos. Cuesta trabajo creer que, pese a ese cúmulo de evidencias al que Darwin dio sentido, haya aún quienes se aferren a explicaciones mágicas acerca del origen de las especies. Pero ni todo el creacionismo del mundo es capaz de anular el escalofrío que se siente cuando, al excavar en terrenos del Plioceno, aparece con todo su esplendor la mandíbula altiva de un hipopótamo de los de entonces, con sus incisivos gigantescos, dando testimonio de que en aquella época existía ya un animal de una belleza tan inquietante.
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Los riesgos de (no) observar |
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12-06-2010
Los riesgos de (no) observar
Camilo José Cela Conde
Uno de los principios de la mecánica más citados en el terreno de las humanidades es el de indeterminación -o incertidumbre- de Heisenberg. En nombre del doctor Werner Heisenberg se han dicho toda clase de barbaridades; incluso que los procesos cuánticos no están determinados. Pero esa cautela esencial para el conocimiento se encuentra entre las más sabias que existen. Se deduce de ella la advertencia acerca de que cualquier observación modifica, se quiera o no, lo observado. Pese a que se trata de algo muy sabido, son bastantes los trabajos de laboratorio que desprecian ese riesgo porque, pese a incrementarse los efectos indeseados de la intervención, el control estricto permite manejar mejor las variables bajo estudio. Con lo que las polémicas metodológicas entre los etólogos que se limitan a observar y los experimentalistas que fuerzan las conductas son interminables. Pues bien, el equipo liderado por Rolando Rodríguez-Muñoz, postdoc del Centre for Ecology and Conservation de la universidad de Exeter en el Reino Unido, ha puesto una vez más el dedo en la llaga partiendo del hecho de que las pautas de la selección sexual suelen ser observadas en la naturaleza cuando se trata de vertebrados pero, en el caso de los invertebrados, mediante trabajo en el laboratorio. Cabe imaginar que los resultados pueden diferir en uno y otro caso por razones que no tienen tanto que ver con la conducta de los animales como con la forma en que intervienen los obstáculos puestos de manifiesto por Heisenberg y sus intérpretes.
En un artículo publicado en la revista Science, Rodríguez-Muñoz y sus colaboradores indican los resultados tanto de la elección de pareja como del éxito reproductivo en el grillo común, Gryllus campestris, pero obtenidos mediante una observación de campo tan sigilosa y obsesiva como correspondería de tratarse de felinos, ungulados o primates: grabando en video su actividad diaria y nocturna a lo largo de dos generaciones. Aparece así un panorama bien inusual para los artrópodos. El éxito de los machos a la hora de encontrar pareja guarda poca relación con la cantidad de descendientes producidos. Y la capacidad para lograr una reproducción afortunada varía más en el sexo masculino que en el femenino. Se diría, pues, que los modelos sociobiológicos usuales de conductas cerradas para los insectos y abiertas para los mamíferos podrían ser en cierto modo una consecuencia de los problemas epistemológicos que nos legó Heisenberg.
No parece que el resultado obtenido con los grillos vaya a obligar a los conductistas a rehacer todo su paradigma de trabajo experimental. Pero abre, al menos, la puerta a nuevas técnicas de observación respecto de animales a los que atribuíamos en principio poca capacidad de decisión propia. El comentario de Marlene Zuk, bióloga de la universidad de California lo dice todo: es ése el camino a seguir, por más que la vigilancia con 24 horas diarias de filmación continua en video, nos parezca propia del Gran Hermano. |
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