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In this section you will find divulgative articles, published in the local press Diario de Mallorca every Saturday in the section "Con Ciencia" by the principal researcher of EVOCOG Camilo José Cela Conde.
These articles will be shown only in their original language.
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La escalera de la vida
Camilo José Cela Conde

Cuando comencé a interesarme por los organismos biológicos y su evolución, era común una idea un tanto jerárquica de lo que es la vida, con los microorganismos abajo de todo en la escala de la complejidad, organización, desarrollo o como se le quiera llamar y los humanos en el peldaño más alto. Esa manera tan orgullosa de entender la naturaleza viene de lejos; no por casualidad llamo Linneo "Primata" (los primeros) al orden que contiene a los monos, simios, humanos y algún otro añadido que se coló en la lista y ha sido sacado de ella después. A mediados del siglo XVIII era bastante lógico tener ese concepto excelso de la humanidad, sólo superada por unos ángeles a los que, en ausencia de ejemplares contrastables, resultaba difícil clasificar. Doscientos cincuenta años después, la coartada rechina un tanto: ni creemos en los ángeles -con el fervor de entonces, al menos- ni se sostiene esa idea ingenua de lo que es el progreso de los seres vivos. Pero los prejuicios son muy difíciles de eliminar y, así, resulta común separar los organismos cuyas células cuentan con núcleo, los eucariontes -grupo al que pertenece claro es nuestra especie-, de los que carecen de ese reducto para el almacenamiento y protección del material genético -como son las bacterias y las arqueas.
Una cosa lleva a la otra. No tener núcleo conduce por un atajo fácil de recorrer a la conclusión de que los cromosomas de las bacterias nadan dentro del cuerpo celular en desorden, dando tumbos. Las carencia, se notan. Pero tres investigadores estadounidenses, dos de la universidad de Stanford, en California, y el tercero de Harvard, Massachussets, han publicado en la revista Science un artículo de revisión acerca de la manera como las bacterias organizan el control de sus proteínas, artículo respecto del que es difícil elegir cuál es su mayor virtud, si la claridad, la información ofrecida o la justicia del planteamiento. Lo firma como primera autora Lucy Shapiro quien, por cierto, ganó en abril de este año el premio de la Gairdner Foundation canadiense otorgado a los científicos que han hecho aportaciones extraordinarias a la medicina. Shapiro y sus colaboradores han puesto de manifiesto en su revisión, entre otras cosas, que las bacterias cuentan con un control muy preciso del orden de sus componentes subcelulares. Gracias al uso de marcadores genéticos fluorescentes, es posible entender que esos microorganismos a los que a menudo tachamos de simples ordenan el flujo de las proteínas de que disponen de tal suerte que, por poner un ejemplo sacado del artículo de Shapiro, algunas de esas proteínas oscilan de manera muy rápida desde un extremo al otro de la bacteria mientras que otras forman hélices dinámicas a lo largo de toda la célula o anillos que se concentran en su zona intermedia. Puro orden; nada de caos. En comparación, nuestros cromosomas parecen perezosas y torpes moléculas en tanto que no llega el momento de la duplicación. Si hay una escalera de la vida, mucho me temo que se encuentra tendida en posición horizontal. |
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28-11-2009
Atención y memoria
Camilo José Cela Conde
¿Cuántas veces no nos hemos quejado cualquiera de nosotros de fallos de memoria, de problemas a la hora de recordar un nombre, una dirección, un número de teléfono o -más raro, pero también posible- una cara? Ser desmemoriados es un problema que aceptamos de buena gana. Todos recurrimos en alguna ocasión a esa queja mientras que rara vez protestamos por no ser más inteligentes.
El deterioro en la capacidad de recuerdo es una constante que los más leídos intentan tomar a broma aludiendo de manera irónica a su alzheimer. Con la edad, nos afecta a todos. Pero la pérdida de la memoria no es sólo culpa del envejecimiento. En buena medida, somos nosotros mismos los que impedimos que la huella mnemónica se establezca de una manera adecuada porque no prestamos atención a las cosas que nos rodean. [continuar la lectura]
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Camilo José Cela Conde

A veces la ciencia y la historia se hermanan por vías tan hermosas como sorprendentes. Una semana antes de que se cumpla el siglo y medio de la aparición del Origen de las especies de Charles Darwin, los biólogos Peter y Rosemarie Grant, de la universidad de Princeton (New Jersey, Estados Unidos) han comunicado el posible nacimiento de una nueva clase de pinzones en las Galápagos.
Los pinzones fueron una de las principales claves que pusieron a Darwin sobre las pistas de la selección natural. En su diario de viaje a bordo del Beagle, el naturalista que dio paso al paradigma más potente erigido nunca en las ciencias de la vida se maravilló de la variedad de formas que existían en el archipiélago de las Galápagos, con tortugas y aves distintos de isla en isla. El caso de los pinzones, con los picos adaptados a tipos diversos de alimentación, ha sido desde entonces el ejemplo mejor para ilustrar la manera como actúa la selección natural al separar en diferentes grupos aislados lo que antes eran sólo poblaciones dispersas de una misma y única especie. La constatación por parte de los Grant de un episodio de ese estilo justo en el momento en que se inicia es una manera bien poética de celebrar el aniversario del libro de Darwin. Un cuarto de siglo atrás, Peter y Rosemarie Grant dieron en Daphne Mayor con un pinzón Geospiza fortis más grande de lo habitual en esa isla que, pese a su nombre, es diminuta. La razón de la anomalía del ave la proporcionó su análisis genético al indicar que se trataba de un intruso venido de Santa Cruz, una isla cercana y mucho más grande. Los Grant dieron al pinzón recién llegado la numeración 5110 y, como narra la revista Nature, siguieron de cerca su descendencia a lo largo de siete generaciones. En especial, la manera como se fueron cruzando los herederos del 5110 con los otros Geospiza fortis de Daphne Mayor. Durante la vida de la cuarta de esas generaciones -los tataranietos, vamos- se produjo un efecto de cuello de botella a causa de una sequía más intensa de lo habitual. La población de descendientes del pájaro 5110 se redujo a dos: un macho y una hembra. Con la particularidad de que, desde entonces, ni ellos ni sus sucesores se cruzaron con los otros pinzones de la isla. Se había producido el aislamiento reproductivo que es entendido, desde las propuestas de Dobzhanski y Mayr, como la condición propia de toda especie y la explicación mejor de por qué la evolución actúa sólo dentro de cada linaje. Cualquier cambio genético en los miembros de una especie queda confinado dentro de los límites de ésta porque la hibridación con otros miembros de especies cercanas, si acaso se produce, no da lugar a individuos fértiles. Los Grant han publicado en los Proceedings of the Nacional Academy of Sciences su testimonio acerca de la aparición de un aislamiento reproductivo que, con el paso del tiempo, quizá dé lugar a una nueva especie. Ojalá que, de aparecer, la llamen Geospiza pulcher. Una maravilla así, se lo merece. |
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14-11-2009
Neurogénesis Camilo José Cela Conde
Hace tres años, uno de los dogmas más sólidos de la neurociencia recibió un golpe muy serio. La idea de que el cerebro adulto sólo varía perdiendo capacidad de funcionamiento, la mala noticia de que el destino de las neuronas más allá de una edad bien juvenil es el de desaparecer, fue sacudida gracias al descubrimiento de algunos casos en los que se producía la generación, en organismos adultos, de nuevas neuronas. La revista Cell publicó ayer un artículo que detalla un aspecto de ese proceso tan esperanzador -aunque sea a título de clavo ardiendo al que agarrarse- para quienes contamos ya con demasiadas décadas a nuestras espaldas. Por desgracia para la esperanza humana, el hallazgo se refiere al cerebro de roedores. En concreto, al hipocampo de ratones y ratas. Mediante una batería de experimentos realizados en roedores con deterioro en el hipocampo, Mitsubishi Kagaku, investigador del Institute of Life Sciences de Tokio, Japón, y sus colaboradores han detectado esa neurogénesis adulta tan sorprendente. También han ofrecido una interpretación sobre cuáles serían las funciones de las nuevas neuronas: almacenar los conocimientos que van llegando cuando la memoria previa existente ha llenado el almacén disponible. Las explicaciones funcionales son aún más difíciles de lograr que la identificación de estructuras relacionadas con las actividades cognitivas. Las críticas a la propuesta de Kagaku y sus colaboradores acerca del papel de las nuevas neuronas han aparecido incluso antes de la publicación del trabajo, un milagro debido a las facilidades que dan las revistas mediante la anticipación electrónica de sus contenidos. Las puntualizaciones a mi entender más interesantes, como las apuntadas por Greg Miller en la revista Science, relacionan los hallazgos en el hipocampo de las ratas con el caso de Henry Molaison, un paciente al que, intentando curar su epilepsia, se le extirpó a mitades del siglo pasado parte del hipocampo y del sistema límbico provocándole amnesia, incapacidad para añadir nuevos recuerdosd. Quizá la lesión del hipocampo en el ser humano y la generación de neuronas en esa misma región cerebral en las ratas sean fenómenos conectados a través de un parecido mecanismo mnemónico. Quizá no. Existe el proyecto, anunciado en junio pasado y no sé si iniciado ya, de ofrecer un atlas electrónico del cerebro de Molaison -que se conserva desde su muerte con un cuidado extremo- con el fin de facilitar a los investigadores el acceso a las particularidades que supuso la intervención quirúrgica del infortunado paciente y poder relacionar sus daños cerebrales con la pérdida de capacidades cognitivas. Como se ve, se trata de hacer viable un trabajo aún pendiente. Pero la posibilidad, aun remota, de obtener resultados que pongan de manifiesto cómo trabaja nuestro cerebro compensa de sobras los esfuerzos. En particular si el premio puede ser el de la esperanza de la regeneración, siquiera mínima, de los órganos que hacen que, con la edad, se esfume nuestra memoria.
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